Olvídalo todo con un ‘amén’

Hubiera sido una frase antológica en una línea de diálogo para el final de una película de Hollywood, de esas en las que todo acaba dramáticamente bien: “y ahora, querida, olvídalo todo con un amén”.

En estos tiempos que corren, en los que tanto se estila la escritura del guión –y se explica sin pudor alguno en los programas de tertulia política cuando se habla de “la narrativa de éste…” y “el relato de aquello…”–, se ha convertido casi en norma de obligado cumplimiento el presentarse en la arena con discursos estándar escritos por asesores estándar. Narrativas y relatos simplificadores de la complejidad, a menudo reducen su eficacia a convertirse en meras armas arrojadizas soltadas a bocajarro al interlocutor –transformado en adversario– aunque no venga siquiera a cuento; lo que no hace sino desviar la atención hacia los mismos temas y broncas de siempre, dejando “fuera de campo” otros debates. ¿Acaso el ensordecimiento provocado por el ínclito artículo 155 en el Senado ha dejado tiempo de reflexión suficiente como para comprender lo que implica que, justo a continuación de la pasarela de salida del presidente del hemiciclo en su elegante coche negro, se votara algo tan cuestionable como el tratado de comercio CETA?

1508945804_677403_1508945876_noticia_normal_recorte1.jpg
El Roto. Publicado en El País.

Truco y maña –o truco o trato, como dirán pasado mañana los niños en Halloween–, la rentabilidad del método del guión bélico consiste en una economía tramposa, que no es otra que la del capitalismo más feroz: darlo todo por obvio e imponer el punto de vista parcial como “sentido común”. Así son las cosas, acógete a ellas, cíñete al guión, o ya sabes lo que le pasa a quien no quiere jugar con las reglas del juego: irrelevancia, soledad, escarnio.

Las consecuencias que estamos viviendo al final de la primera y principio de la segunda parte de todo este procès es un descenso considerable de la pluralidad de voces –no sólo políticas, ¿qué me dicen la amenaza de intervención de una televisión pública?–  y de la independencia de pensamiento de los sujetos en libertad democrática. Es más, se penalizan socialmente la voz disidente y el punto de vista propio, se rechazan de antemano juzgándolos como síntomas imperdonables de debilidad. Todos estamos unidos bajo banderas rojigualda o esteladas o del color que sean frente al ejército enemigo –¡qué escalofrío siente este gaditano al ver a un diputado en el parlamento catalán blandir una bandera andaluza para poner en escena a un contendiente más en este guiñol de títeres de cachiporra!–. Los individuos se ven presionados y violentados a decir “amén” contra el enemigo común en función de un argumento tramposo, cuyo dramático final feliz estos macabros guionistas quieren imponer por la fuerza. Un guión en el que se pretende haya vencedores y vencidos, una trama de género bélico o del péplum en la que, en un gran plano general, las masas vociferan “¡Ave César!” y se entregan a la caída de ojos de un mal actor en la tribuna girando el pulgar hacia abajo.

la-batalla-de-los-cuatro-ejc3a9rcitos-11

“Olvídalo todo con un amén”: suena a contrarreforma tremtina. A que una oligarquía pretenda salvar los muebles de sus privilegios reservándose el derecho exclusivo de interpretación no sólo de la escritura normativa –Biblia o Constitución–, sino de todo el conjunto de la realidad: aquello que existe, pero también todo lo que se puede decir, hacer y pensar. Arrogarse el derecho a discurrir mientras que el vulgo se congrega en torno al espectáculo de los símbolos simplificados es lo propio de siglos oscuros, en los que mientras que la razón cae bajo mínimos históricos, la ceremonia espectacular cuya forma, orden y simbología vienen dictadas desde arriba, invade la plaza pública. Resulta cuanto menos inquietante, además, que la cultura digital, con sus frecuentes juegos de montaje y fanfiction, adelante ciertas escenas culminantes de happy end para este mamotreto peliculero: montajes con rostros entre rejas o fuerzas de seguridad en las calles. El espacio de lo público, del cual la web 2.0 no es sino una extensión, se convierte en un amasijo de enunciados poco benevolentes que comienzan con un “Mi opinión es que…”, “Voy a ser políticamente incorrecto pero creo que…”, todos clónicos entre sí a pesar de todo, material combustible inagotable para mantener ardiendo la hoguera inquisitorial. En el cine eso está muy bien, pero ni en la azotea está Calígula ni está Roma para incendios.

bd41ba33-94e9-4f0c-8c0f-964758390d84Francisco de Rizi: Auto de fe en la Plaza Mayor de Madrid. 1963. Museo del Prado.

“Olvídalo todo con un amén”: suprime las diferencias, saborea los dulzores del triunfo, maravíllate ante el fulgor rutilante de los laureles del césar victorioso… pero también acalla tu juicio y censura tu palabra, mira en la misma dirección de los demás, repite de memoria la letanía y dobla tu rodilla. En la ceremonia de masas el individuo queda anulado en medio de la multitud, integrando su cuerpo y su acción en el gran organismo espectacular. Qué belleza, qué armonía, qué concordia en la uniformidad…

Qué fácil es convertirse a la indiferencia diciendo ‘amén’ ante tanto hastío. Y mañana, como todos los días, ¿saldrá el sol por Antequera?

 

 

 

* Imagen de portada: fotograma de la película La caída del Imperio Romano (Anthony Mann, 1964).

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s